Con el perdón de las cucarachas

Ya sabemos que en múltiples y variadas ocasiones, la verdad supera a la ficción. En su más reciente libro, Ian McEwan nos introduce a una ficción en la que el Primer Ministro es una cucaracha que, de repente, se ve convertida en hombre. Según la editorial que lo publica, el protagonista de la novela es algo así como un Gregorio Samsa a la inversa, aunque me parece que exageran en la comparación. Lo curioso es que cuando la cucaracha convertida en mandatario se sienta por primera vez en una reunión con su gabinete, descubre que todos sus colaboradores también son cucarachas. Entonces, la cosa se puso interesante.

La impresión que sentí al leer ese párrafo fue tan fuerte y desagradable que casi me dieron ganas de aventar el libro y correr a lavarme las manos. Tuve que respirar profundo. Me quedé mirando a un punto en la pared, imaginando a esa cucaracha transformada en un ser que camina erguido, avanzando por los pasillos de la sede de gobierno. Me pregunté lo que pensaría al hacer ese recorrido. ¿Tendría miedo? ¿Estaría entusiasmado? ¿Cuáles serían sus intenciones? No sé si al darse cuenta de que todos sus compañeros eran cucarachas igual que él, habrá sentido desesperanza o desilusión.

El ejercicio que hace McEwan me dejó la cabeza dando vueltas, no por la trama de la novela en sí misma, sino por un tema más cercano a nuestra realidad. Uno nunca sabe lo que un político joven piensa cuando decide seguir el llamado de su vocación. Es difícil creer que sus intenciones primeras estén orientadas a fastidiar a sus semejantes, tal vez algunos tengan buenas ideas para mejorar la situación de la patria, aliviar los dolores de un pueblo, luchar por la equidad y salvaguardar los valores de la nación. Incluso, es posible que crean que podrán volar al ras de la podredumbre y que lograrán sus conseguir sus metas conservando las manos impolutas. ¿En qué momento empieza esta metamorfosis trágica?

Otra posibilidad es que, como lo manifiesta la novela de McEwan, ese político ya sepa de antemano que es una cucaracha y que trate de disimular su condición de insecto. En esa circunstancia, buscaría controlar sus instintos, disimular sus ganas de andar entre la basura, comiendo podredumbre y eructando hediondez. Si ese fuera el caso, uno puede figurarse la angustia de esa cucaracha al tratar de someter su naturaleza y, en esa misma línea de pensamiento, el alivio que experimentó al darse cuenta de que todos son igualitos a él.

No deja se ser fuerte la imagen. También es triste. Imaginen a su político de elección y verán como no es tan difícil descubrirles esos rasgos cucharachezcos. Cuerpos ventralmente aplanados, mandíbulas macizas, tipo mordedor-masticador, con antenas filiformes muy largas y bien paraditas que agitan mientras van pensando y detectando cualquier cúmulo de suciedad con la que puedan saciar sus apetitos. Entonces, uno entiende porque tienen esas ansias de acumular que no paran. Las cucarachas tienen una boca enorme que se les extiende a lo largo de todo el abdomen y que tiene una extensión que abarca la mitad del cuerpo. Para llenar esa boquita, hace falta mucha basura.

McEwan nos aleja de la teoría aristotélica de lo que significa ser político. Para Aristóteles, los políticos son seres preocupados por la vida buena, es decir, por conducir la vida social a partir de principios éticos. Esto significa que los políticos ayudaran al pueblo a alcanzar virtudes como la justicia, la bondad y la belleza a partir de sus actuares. Así, el propósito de las comunidades es permitirnos vivir de acuerdo con esas virtudes.

Sí, para los antiguos griegos, la estructura del Estado permite a la gente vivir junta y protege la propiedad y la libertad de los ciudadanos como el medio para conseguir la virtud como fin. Si tuviéramos que elegir, estoy segura de que nos quedaríamos con la belleza de la concepción aristotélica. Incluso, si les dieran a escoger, estoy segura de que no hay político que prefiriera ser cucaracha. Es incómodo andarse arrastrando por la suciedad. Es preferible caminar erguido y con altura de miras.

Entonces, ¿qué fue lo que paso? Ni hablar, insisto que hay veces que la realidad supera a la ficción. Aunque en este caso, nos gustaría que la filosofía le ganara a la fantasía y ya ven. Les lanzo un reto. Elijan a su político de preferencia y obsérvenlo con cuidado. Si parece una estatua griega, vamos bien. Si no es así, ya sabemos porque les gusta andar tirados de panza, revolviéndose entre la mugre.